Un reciente estudio del Banco Mundial (BM), coincidente con el informe 2004 del Banco Interamericano de Desarrollo y con la CEPAL, indica que América Latina va retrasada en su objetivo de reducir a la mitad la pobreza para 2015.
Louis Sarbib, vicepresidente del BM, ha venido a decir que América Latina sufre una gran pobreza, aunque sea menos visible que en África. Y la Comisión Económica para América Latina recuerda que en la región la desnutrición crónica afecta al 15% de los niños de menos de cinco años, como síntoma de pobreza severa.
Pero el Banco Mundial se ha regocijado de que este año América Latina haya crecido un 5,7% y ha aplaudido que la región disponga de una de las rentas per cápita más altas, así como de unos cuantos índices macroeconómicos notables, de esos que gustan tanto a los economistas neoliberales. Pero el propio Banco Mundial no se atreve a esperar nada mejor que para el 2015 los 128 millones de latinoamericanos que viven con menos de dos dólares diarios sólo se rebajen a 122 millones, y que los 50 millones de ciudadanos de esa región que malviven con menos de un dólar por día se reduzcan sólo a 43. Lo que significa que perduran y perdurarán millones y millones de situaciones de sufrimiento y de dolor.

Este análisis del Banco Mundial me recuerda una frase de un anciano sacerdote que nos daba catequesis en nuestros años infantiles. Nos decía el cura -creo que citando al jesuita San Francisco Javier-, "¿de que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde el alma?"
¿De que sirve esa manera de medir la realidad económica si una gran mayoría se consume en la pobreza? No es correcto saludar como maravilla el crecimiento, sin pararse a ir más allá del titular, sin detenerse a pensar de qué crecimiento hablamos. Es como si un equipo de médicos se felicitaran unos a otros porque un paciente con un tumor maligno hubiera reducido el índice de colesterol. El crecimiento no significa nada si no va de la mano de la equidad, y de un reparto justo de ese crecimiento. O, mejor aún, si no se fundamenta en los derechos de las personas.
Para acabar de rematar la faena sobre la buena noticia del crecimiento latinoamericano, el director español del FMI, Rodrigo Rato, declaró a la BBC que América Latina ha de crecer bastante más, aunque, a renglón seguido, reafirmó que el FMI no va a cambiar ni a redefinir su papel ni a poner en cuestión la doctrina económica que impone como dogma indiscutible. Y, para que no quede duda de a qué se refiere, añadió que "las políticas económicas tienen que ser soportadas domésticamente".
Sin duda, América Latina es una región empobrecida por las dictaduras militares que países democráticos -como EEUU, Reino Unido o Francia- propiciaron por acción u omisión en su cruzada contra el comunismo internacional, pero en realidad en defensa de los intereses de sus empresas transnacionales. Pero América Latina es también una región empobrecida por un comercio internacional injusto, por las privatizaciones que privaron de patrimonio público a la ciudadanía, por la imposición de reformas denominadas estructurales porque quienes las exigían no tenían el coraje de llamarlas por su nombre: "reformas" fiscales injustas, desprotección de los trabajadores, ausencia de normas y de control del ávido capital financiero.
Mientras tanto, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola propone en la reciente Cumbre Regional de Microcrédito en Santiago de Chile que la microfinanciación aumente y se acelere, porque puede ser una vía de salida para 220 millones de latinoamericanos pobres. Y estaría bien que el microcrédito se extendiera, porque no se puede sacrificar ni un ápice de una sola generación en nombre de salvaciones o revoluciones futuras. Pero urge empezar a cambiar conceptos y principios y directrices que contaminan la actual forma de concebir la economía.
Desacralizar el mercado y ponerle freno, porque el mercado no es un deus ex machina que todo lo controla y armoniza: el mercado son nombres y apellidos con intereses concretos y además son minoría. También vigilar, controlar y poner normas al libérrimo movimiento internacional financiero. No destruyamos la Tierra en nombre del sacrosanto beneficio, porque no tenemos otra. Y que el Estado deje de ceder competencias y poder en el patrimonio de todos y en la gestión de los servicios y derechos que se les debe a los ciudadanos.
Otra cosa es engaño o música celestial.
Xavier Caño
Periodista