Cuando un niño pelea con otro, la primera palabra que emplea para describir el episodio es "feo". El ofendido puede ser un muchacho hermoso, pero eso deja de tener importancia para un corazón resentido.
Es precisamente lo que sucede en la campaña electoral. Adornado con plumajes vistosos, Serra no se conforma con la voluntad manifestada por los electores en las urnas: 76% quieren cambios. Por eso votaron a Lula, a Garotinho y a Ciro.
La propaganda colorida en la televisión trata de menospreciar a las administraciones del PT. Con el viejo mote de "incompetencia". Ahora bien, el Brasil siempre fue gobernado por doctores. Y no por eso deja de albergar a 53 millones de pobres y miserables. Entretanto, tenemos en nuestro país millares de empresarios que nunca estudiaron en una facultad y tuvieron éxito en sus negocios. Y nadie osa llamarlos "incompetentes".
Se divulgan por internet rumores de campaña para asustar al elector: que Lula impediría que el heredero de una casa tome posesión de ella; que cerraría las iglesias evangélicas, etc. Quien haya seguido la trayectoria de Lula en los últimos 20 años sabe muy bien que él no esconde su juego. Y que es suficientemente inteligente para no querer acabar con el derecho de propiedad. Lo que él quiere es que más brasileños se vuelvan propietarios, sobre todo de sus viviendas o de su trozo de tierra para sembrar.
Lula es cristiano, le gusta orar, tiene veneración por Jesús y devoción a San Francisco de Asís. Nunca entraría en conflicto con ninguna religión o iglesia. Además, conviene recordar que Dios no tiene religión.
En la prensa los rumores ceden su lugar a la especulación: que tal persona va a ser ministro, y tal otra va a presidir el Banco Central, etc. Lula no admite hablar de nombres ni de cargos antes de que se haya definido el futuro presidente de la República por nuestro voto, el próximo 27 de octubre.