Frente a las condiciones de vida de los cafeticultores que fueron expuestas en el primer capítulo, en gran parte causadas por las condiciones estructurales de producción y comercialización del café en México y el mundo, encontramos que las empresas sociales han sido una de las pocas alternativas con las que los cafeticultores cuentan para enfrentar esa situación.
En visitas de campo a la Sierra de Zongolica en los meses de julio o diciembre entre 1995 y 2000, se encontró que las comunidades cafetaleras no organizadas presentan grados de pobreza muy altos, además de que los pocos programas gubernamentales que llegan hasta ellas, por sus montos, sólo sirven para satisfacer parcialmente sus necesidades más inmediatas. Por otra parte, muchos habitantes de dichos lugares tienen como una costumbre el tomar bebidas alcohólicas con cierta frecuencia, lo que disminuye los ingresos que una familia puede destinar a la alimentación y reduce el tiempo que se dedica a trabajar dentro de las parcelas para las labores culturales.
Aunque las empresas sociales representan una de las alternativas más usadas en la cafeticultura mexicana para enfrentar la crisis, el contexto dentro del cual se han formado y las costumbres e idiosincrasia de sus miembros se conjugan para crear algunos fenómenos adversos a su fortalecimiento. Por ello, en el presente apartado daremos una breve descripción de algunos de los inconvenientes que los estudiosos del tema consideran como más importantes para su desarrollo.
Un primer problema en el funcionamiento de las empresas sociales observado por Dieter Paas es la desvinculación de las diferentes instancias que la componen, como en el caso de la estructura participativa (asamblea) y la ejecutiva (consejo de administración). El autor afirma que no son raros los casos en que tras largas reuniones y acalorados debates los representantes de la organización llegan a una decisión que luego no es ejecutada. Una de las razones de este fenómeno es que los ejecutivos de la empresa social pueden caer fácilmente en actitudes de negligencia o menosprecio hacia las instancias teóricamente superiores, pero vistas como débiles e incompetentes.
Frente al panorama recién expuesto, cabe preguntarnos por qué muchos cafeticultores se han unido a empresas sociales, teniendo aparentemente muchos elementos en su contra. Por ello, en el presente apartado enunciaremos algunos de los beneficios que se han encontrado en estas organizaciones para hacer un balance final respecto a su viabilidad como medios para mejorar las condiciones de vida de sus miembros.
Como un primer punto podemos afirmar junto a Vinicio Santoyo que en estados como Chiapas y Oaxaca, donde una parte importante de los productores se encuentran organizados, se observó que existe la posibilidad de producir, beneficiar y vender el café (y en ocasiones otros productos) conjuntamente, lo cual les proporciona mayores beneficios económicos al no estar sujetos a los bajos precios ofrecidos por los acopiadores locales que manejan pequeñas cantidades del aromático. En cambio, estados como Veracruz o Puebla, donde muchos cafeticultores no están organizados, prácticamente no existe injerencia alguna en el mercado por parte de estos, lo cual hace que sean más vulnerables a los fenómenos descritos anteriormente.
Hasta aquí hemos visto cuáles son las condiciones de la cafeticultura mundial y en particular dentro del territorio mexicano, centrándonos en los pequeños productores minifundistas. También describimos una de las alternativas que éstos han encontrado a la crisis de la cafeticultura, que es organizarse para producir y comercializar sus productos con mejores términos que si lo hicieran individualmente.
No obstante, las condiciones de producción y venta existentes en el ámbito local han reforzado el empobrecimiento de estos grupos, por lo que una de las actividades más importantes de las organizaciones sociales cafetaleras es encontrar métodos alternativos que les permitan agregar mayor valor a su producción, de manera que puedan empezar a mejorarse las condiciones de vida de las familias que dependen en distinto grado de la actividad cafetalera.
El comercio internacional se ha desarrollado históricamente en torno a los mercados de las metrópolis, de manera que las colonias empezaron a producir desde hace más de cuatro siglos aquello que demandaban los consumidores en los centros europeos y posteriormente norteamericanos. El intercambio que se desarrolló a partir de esta situación tuvo como una de sus consecuencias que los países de América Latina, Asia y Ã?frica se especializaran en la exportación de productos básicos cuyo destino era la exportación, como en el caso del café, cacao, frutas tropicales, maderas preciosas, etcétera.
En contrapartida, los países del llamado norte vendían a las colonias cada vez menos productos básicos, sustituyéndoles por diversas manufacturas durante este periodo, las cuales en general presentaron un patrón de precios ascendente con respecto a los productos básicos. Esta situación empezó a producir un desequilibrio en el intercambio comercial internacional que cada vez se acentuó más.
A partir de la búsqueda de nuevas alternativas para mejorar las condiciones de vida de los pequeños productores, en 1988 surgió la primera iniciativa que buscaba incorporar al comercio convencional los productos de las organizaciones de los llamados países del sur, en vez de seguir manteniéndolos en espacios reducidos sólo para consumidores políticamente comprometidos.
Lo que entonces tomó el nombre de comercio justo era un esquema que buscaba incorporar al mercado convencional los productos de las organizaciones del sur con base en su calidad y precio, y ya no apelando a esquemas de solidaridad o caridad como primer argumento de ventas. Además, uno de los elementos importantes lo constituirían los propios actores comerciales ya establecidos (empresas, torrefactores, procesadores y comercializadores). Esta característica también difería de los métodos empleados anteriormente, en tanto que antes todo el proceso se llevaba a cabo sin la participación de actores comerciales ligados al mercado convencional.
Laure Waridel afirma que el comercio justo es más que sólo pagar un precio mayor por un producto. Significa trabajar para lograr relaciones comerciales más justas entre productores y consumidores. Esta iniciativa se basa en la justicia económica y busca que los productores participen activamente en las mejoras de su vida en vez de sólo recibir caridad y donaciones.
Para esta misma autora, la importancia del comercio justo reside en su capacidad de encontrar soluciones aplicables localmente a problemas globales. Su objetivo es promover el desarrollo sustentable al alentar intercambios comerciales que se basen en la justicia social y el respeto por el medio ambiente mientras se fomenta la autonomía de los productores de países en desarrollo.
Distintas ONG’s que trabajan en la promoción de los valores y prácticas del comercio justo frente al consumidor surgieron en cada país donde la iniciativa se puso en práctica, agrupándose inicialmente bajo dos grupos principales. El primero nació en 1988 y correspondió a la iniciativa Max Havelaar, con sede en Holanda, la cual recibió dicho nombre en memoria de una novela de Multatuli, quien desde el siglo XIX denunciaba la explotación sufrida en los plantíos cafetaleros de las colonias holandesas, y de la cual Max Havelaar era el protagonista. La iniciativa Max Havelaar se puso en práctica en Holanda, Suiza, Bélgica, Dinamarca, Francia y Noruega.
Según María Cristina Renard, la asociación Max Havelaar no compra ni vende café, sino que pone en contacto a productores organizados con torrefactores que se comprometen a respetar los lineamientos del comercio justo. También se lleva un control de las operaciones comerciales de las empresas licenciatarias, verifica el funcionamiento democrático de las cooperativas y se hace cargo de la promoción entre los consumidores.
El comercio justo nació en un contexto de fuertes caídas en los precios internacionales del café, donde los pequeños cafeticultores se encontraban poco organizados y por ello sujetos a las condiciones que les imponían los intermediarios y usureros locales, quienes a su vez estaban vinculados a empresas nacionales y extranjeras que usufructuaban dicha crisis con ganancias anuales récord, mientras el nivel de vida de los pequeños productores disminuía sistemáticamente.
Esta iniciativa busca al mismo tiempo luchar contra la situación ya mencionada, pero también crear un cambio en los patrones existentes de ayuda internacional, donde se privilegiaban las donaciones de los países desarrollados hacia países en desarrollo, y que convertía a estos últimos en sujetos pasivos, dependientes de los apoyos que pudieran llegarles del exterior.
Tal como se ha expuesto en esta investigación la iniciativa de comercio justo, tiene su nacimiento del trabajo conjunto entre una empresa social indígena mexicana y una ONG holandesa en 1988, para después extenderse a diecisiete países consumidores (con 3,000 puntos de venta sólo en Europa y 50,000 trabajadores voluntarios) y cuartentaicinco países productores (con aproximadamente 550 grupos de productores). En este sentido la participación de México entre 1988 y 1998 se limitó a las aportaciones de café hechas por los pequeños cafeticultores hacia mercados distantes, dejando prácticamente marginadas a cualesquiera otros sectores de la sociedad de nuestro país.
Maria Cristina Renard sostiene, los responsables de las empresas sociales saben que el mercado justo no puede, por sí solo, constituir la solución o la alternativa para los pequeños cafeticultores. Se trata de un mercado cuyos límites se encuentran señalados por los propios consumidores. Así, las empresas sociales no centran sus estrategias exclusivamente en el mercado justo, sino que buscan la diversificación, tanto de la producción como de los mercados, y buscan incrementar el número de las fases de la cadena productiva bajo su control.
Todos los contenidos de Vinculando.org pueden ser accesados aceptando una licencia de Creative Commons.