Mientras intentaba iniciar la escritura de estas notas y así participar en este fraterno y singular encuentro en calidad de presente ausente, recordaba mi infancia de niño campesino lleno de sueños. Casi todas las tardes, antes de caer el crepúsculo solía visitar un potrero aledaño, diseñado para ganado vacuno. Me acostaba sobre la hierba fina, que crecía vigorosa, y al lado una guásima tupida; árbol majestuoso y perenne (siempre verde) cuyos frutos, apetecibles al ganado, me servían de pizarra numérica para contar los años que me faltaban para crecer, y lograr los sueños de viajar, y estudiar pintura o música y llegar a ser un artista famoso y regresar con los honores del conocimiento que me permitirían vivir lo sublime de la fama, y abrir el camino, que destrozaría la pobreza que nos embargaba.
Luego, el destino se encargó de ponerme en el sitio menos pensado, estudiar agronomía. Y no estudié pintura, y pasaron los años, y después de visitar varios países, ricos y pobres, he sido protagonista de mi verdadera leyenda personal, que ha estado precisamente entre los animales, las plantas, el suelo y el lugar de de mis primeros sueños. Si hubiese sabido que ese sería mi destino, habría aprendido mucho más de la sabiduría de mi abuelo, maestro en la protección del suelo. ¡Jamás intentó usar el fuego para quemar los residuos orgánicos, los cuales ordenaba cuidadosamente después de cada cosecha, para que se produjera su transformación, de beneficio para la venidera!
Esa experiencia me hizo reflexionar más tarde "El tiempo empleado tratando de imbricar lo que iba ser mi futuro, me privó de aprovechar mejor mi presente; es decir, mi futuro"
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