En el contexto de un mundo globalizado y motivado por la competencia empresarial, la industria alimentaria responde con la búsqueda de factores de la producción a bajo precio, sobre todo en países con escasa regulación. Esto, aunado a la concentración de la distribución en las grandes cadenas de supermercados, ha permitido a las transnacionales el fortalecimiento de su posición en el mercado (Renard, 1999). Al monopolizar el mercado, las grandes empresas dejan poco espacio de acción a los pequeños productores, quienes en su mayoría acaban vendiendo sus productos a bajo precio y generalmente no alcanzan a cubrir los costos de producción. Por ejemplo, en 2002, un productor promedio en América Latina, recibe 30 dólares americanos por quintal de café. Esta misma cantidad, una vez transformada y envasada, es vendida por las transnacionales en 640 dólares americanos (SAGARPA, 2001). De esta manera, un producto como el café es a la vez fuente de riqueza para unas cuantas empresas y de miseria para aquellos que dependen de su producción. De la misma manera, la cadena de transformación y comercialización esta dominada por grandes empresas, lo cual impide que los pequeños productores sean capaces de aumentar el valor agredado a la materia prima y poder quedarse así con una parte de la ganancia. Esto quiere decir que el valor agregado que da un producto transformado y/o envasado, queda en manos de aquellos que tienen los medios.
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