La selva y el mar (Una historia de un amor que fue) (resumen)

Un amigo me pidió que escribiera un cuento para una pequeñita, hija de un matrimonio separado.

Puse la idea dentro de mi y me quedé esperando mucho tiempo para que las imágenes apareciesen. Es inútil esforzarse: las imágenes sólo llegan cuando quieren y del modo que quieren. Como si ellas tuvieran vida propia y estuvieran ya listas, escondidas en algún lugar. Quien escribe no hace más que ver y contar lo que vio.

Eso fue lo que me pasó. Sólo que las imágenes a medida que iban siendo puestas en el papel, me di cuenta de que no eran para pequeños.

Intenté recordar, modificar la intención, pero no lo logré.

La historia es pues para los grandes; para aquellos que una vez amaron y después se separaron. Yo pensaba que el padre o la madre la podrían leer para sí mismos y también para el pequeñín. Reconozco que el texto es difícil. Pero yo me pregunto sí, por esto mismo, el texto no pudiera ser el lugar para el inicio de una larga conversación: Cuándo el niño pregunta: “¿Mamá, qué es esto?”, “Papá, yo no entendí...”

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