4.1 Movimientos sociales y sociedad civil

En las luchas por la democracia sindical y por la autonomía, los ferrocarrileros de finales de los años cincuenta y los movimientos de maestros, médicos, telegrafistas y navistas de los sesentas, son un antecedente histórico importante del ejercicio del derecho de los trabajadores y ciudadanos a decidir sobre sus asuntos internos a partir de sus propios intereses y perspectivas y no de consignas gubernamentales o del partido oficial. Esto los llevó a inventar alternativas civiles, democráticas y populares frente al corporativismo de estado, pues se atrevieron a imaginar formas sindicales hasta entonces inéditas.

El concepto de sociedad civil, se empezó a emplear en México a partir del Movimiento Estudiantil Popular de 1968, en la búsqueda de explicaciones para lo que había sucedido. Nuevas prácticas sociales no generadas desde los núcleos del sistema sino desde sus periferias requerían ser analizadas. Los investigadores buscaron una teoría que pudiera dar nombre a lo acontecido, un corpus explicativo que permitiera comprender los procesos sociales y el involucramiento de nuevos actores sociales en los importantes cambios en la vida cotidiana del país, de las universidades y de la sociedad en general[1]. El movimiento estudiantil popular catalizó las búsquedas y las estrategias de autonomía de diferentes actores sociales: a través de las brigadas posteriores a la matanza de Tlatelolco, la generación del 68 llevó la resonancia del movimiento hacia otras universidades, hacia obreros, campesinos, sectores urbano populares, trabajadores universitarios, organizaciones clandestinas, grupos cristianos comprometidos, organizaciones políticas y otras, empezando a cuestionar severamente, desde un "imaginario alternativo"[2], las formas corporativas de control y reproducción de la sociedad mexicana en su conjunto. De hecho el movimiento estudiantil inauguró de manera amplia la posibilidad de pensar la sociedad mexicana de una manera diferente a la acostumbrada: era posible que actores que se habían salido de los dispositivos sociales establecidos, soñaran un futuro diferente y pugnaran por cambios más profundos.

Diecisiete años después, enmedio de una grave crisis económica y social, frente a las consecuencias de los terremotos de 1985, surgió un movimiento inesperado de la población urbana de la Ciudad de México, particularmente de cientos de jóvenes de los viejos barrios del centro, para enfrentar el desastre más allá de los marcos legales establecidos y a través de actitudes innovadoras de solidaridad. Se habló entonces con mayor amplitud de "sociedad civil emergente". Carlos Monsiváis dió cuenta con alta sensibilidad de las acciones ciudadanas de los días posteriores al 19 de septiembre de 1985[3], que se caracterizaron por rebasar ampliamente el Plan de Desastres, e inventar formas autogestivas de participación ciudadana, que incluso desafiaron la obsolesencia del plan gubernamental. La gestión de la ciudad posterior a los sismos abrió elementos imaginarios, abrió otras posibilidades, otras relaciones, permitió imaginar ser de otra manera, a partir de los hechos de haber tomado y gestionado la ciudad, se anticiparon otros futuros, fuertemente disruptores de los cánones vigentes.

Tres años después, en 1988, ya con seis años de grave crisis económica, surgió el movimiento popular cardenista ligado a las esperanzas despertadas en millones de mexicanos por la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la república. Se volvió a emplear el término de sociedad civil[4] para referirse a los nuevos sujetos y movimientos, portadores de las demandas sociales con independencia de las formas tradicionales de control político electoral y de los dispositivos y organizaciones corporativas.

En 1991, en el contexto de un proceso de elecciones federales, con la lucha por el respeto al voto y por la dignidad ciudadana, surgida al calor del navismo y del Frente Cívico Potosino, el horizonte de otros cielos se dibujó en el país a través de los inicios de un movimiento de la sociedad civil que convocó a amplios sectores para la conformación de un Movimiento Ciudadano por la Democracia, como respuesta de nuevo tipo a la política de fraude electoral, repetida una y otra vez por los gobiernos estatales y federales y por las autoridades electorales. Poco después de la muerte del Dr. Salvador Nava, en 1992, las demandas ciudadanas se concentraron en una plataforma de cinco puntos indispensables para avanzar hacia la democracia electoral. Este proceso culminó en 1994 con la articulación de diversos movimientos en una amplia organización de observadores ciudadanos de las elecciones federales: la Alianza Cívica/Observación 94.

Los datos anteriores permiten esbozar que un conjunto de prácticas sociales nuevas, como río abierto de creación de significados colectivos, precedieron a los nuevos matices otorgados al concepto de sociedad civil, que después fue utilizado para calificar y dar nombre a esas nuevas prácticas; esto es, el movimiento estudiantil popular de 1968, la respuesta cívica a los sismos de 1985[5], el movimiento popular cardenista de 1988, el movimiento navista de 1991, y el movimiento ciudadano de Alianza Cívica de 1994, fueron en primer lugar un conjunto de prácticas sociales arraigadas en experiencias previas a escala familiar, barrial, sectorial, regional o estatal, portadoras de componentes utópicos que, desde otra geografía imaginaria, permitieron a sus actores atreverse a impulsar acciones innovadoras. Estas prácticas sociales, por su carácter público y de convocatoria a la más amplia solidaridad, se constituyeron como un patrimonio de la memoria, de la conciencia y de la imaginación colectiva[6]. Sólo después, se asignó un nombre a los movimientos y se elaboraron un conjunto de explicaciones vehiculizadas por el término: sociedad civil, que se fue cargando de significación y de referentes históricos específicos.

Intentamos documentar y precisar algunos de los principales procesos a través de los cuales se fueron formando proyectos de defensa de la dignidad ciudadana y conformando plataformas y organizaciones de impacto más amplio, así como las principales prácticas de educación y defensa de los derechos políticos y electorales que fueron surgiendo en este camino.

 

4.1.1 La emergencia ciudadana posterior a los sismos de 1985

Los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985 suscitaron en el área metropolitana de la Ciudad de México movimientos de solidaridad social que, ante el reto de la vida y frente al desamparo de miles de personas, rompieron los canales burocráticos establecidos en el Plan DN-III-E del Ejército y el SMA-85 de la Armada para enfrentar desastres, así como las respuestas formales de las autoridades del Distrito Federal. La ciudadanía salió a la calle, los jóvenes de los equipos de futbol y de las bandas se encontraron levantando escombros, se libró una épica lucha por la vida, donde la movilización intensa de los damnificados fue dando como fruto procesos de organización.

El primer momento estuvo caracterizado por la emergencia total que llevó a la calle a miles de personas que, en los hechos, se apropiaron del espacio público, en contra de los planes y medidas burocráticas de las autoridades que no acertaban a concebir y aplicar una forma eficaz y oportuna de enfrentar el conflicto. La amplia participación ciudadana reveló la ausencia de una estructura de participación política e incluso administrativa. A pesar de que la
s autoridades hicieron reiterados llamados a través de la televisión y los medios para desmovilizar a la población y "dejar en las manos del gobierno" el problema, la ciudadanía no creyó ni hizo caso y actuó en razón de su propia lógica ante el desastre:

"hasta trescientos mil según una estimación… los voluntarios, son en su mayoría jóvenes que concurren espontáneamente, sin mediar llamado ni convocatoria alguna, ahí donde ellos mismos estiman que su presencia solidaria es útil, convirtiendo a la gran ciudad en un enorme laboratorio de nuevas formas de organización… la frágil organización básica que se constituye es la brigada de voluntarios que integran familiares, vecinos, amigos, compañeros de escuela o gente que apenas en ese momento se conoce… encargándose de inmediato de las más diversas faenas: remoción de escombros, rescate de los atrapados entre las ruinas, acopio y transporte de todo tipo de medios de auxilio, donación de sangre, dirección del tránsito de vehículos, traslado de heridos, organización de albergues, suministro alimenticio, atención médica, etcétera… la presencia de los voluntarios es sin duda decisiva, es la que rebasando al gobierno y a todo tipo de organización previa, se multiplica ubicuamente adueñándose de la ciudad y poniendo de manifiesto las posibilidades de una participación ciudadana…"[7]

"La tardía reacción del gobierno permitió la emergencia de un virtual estado de autogestión en diversas partes de la capital. Autogestión del abasto, del rescate, del tránsito, la población, que había perdido sus referentes geográficos y temporales habituales se apropió de manera distinta del espacio público. Las calles se volvieron ágoras…[8]

En un segundo momento, muchas de las organizaciones de damnificados de la Ciudad de México pasaron de la emergencia, del dolor y del asombro, a la acción autogestiva, a la formación del consenso frente a una demanda central: la participación de las organizaciones vecinales en los programas de reconstrucción del gobierno, la restitución de la vivienda y el derecho al arraigo.

"El terremoto se inscribió en la memoria colectiva de una sociedad, como marca simbólica de conmoción y muerte, como el reconocimiento del valor de los vínculos sociales de convivencia más básicos, más primarios, dejando huellas de impotencia por el despojo, que no termina de elaborar el trauma de la pérdida. Pero que…pusieron en firme las bases humanas de un nuevo pacto, que ya podía entreverse en la dimensión social imaginaria que daba el clima utópico en el que, las personas daminificadas y no damnificadas imprimían significado a sus actos instituyentes, a sus organizaciones surgidas de la legitimidad de hacerse cargo de la situación con las propias manos, sin la ayuda de las instituciones políticas oficiales del DF ni de sus respectivos establecimientos, ya que, sencillamente se vinieron abajo…[9]

La intensa movilización ciudadana y procesos organizativos "in crescendo" fueron presionando fuertemente al gobierno federal para que planteara respuestas de fondo, para la expropiación de los predios afectados, como medida que sentara bases para poder gobernar una situación altamente caótica y de gran dispersión[10]. De la significación de la expropiación comenta el investigador en derecho urbano Antonio Azuela:

"El Decreto expropiatorio significó un medio de intervención pública para la recuperación no especulativa de un espacio habitacional degradado…[11]"

En el mismo sentido, Alejandra Mazzolo, investigadora de las luchas urbano populares, atribuye a estos movimientos emergentes que tomaron lo público como su interés y su espacio, el logro de un cambio significativo en la política territorial:

"Un conjunto heterogéneo de ciudadanos librados a sus propias fuerzas… desprovistos de canales institucionales de representación y participación efectiva, quienes, para empezar, tomaron sus territorios de habitación, convivencia y trabajo como lugares de resistencia y solidaridad a largo plazo y, para seguir, iniciaron la ardua y compleja tarea de abrir, desde los escombros, un surco de participación independiente y democrática en la gestión social de la ciudad… como un bien de uso para sus habitantes y no como una mercancía sujeta a los intereses especulativos y el crecimiento irracional…[12]"

La medida expropiatoria permitió que los afectados pudieran constituirse frente a su interlocutor; se conformó la Coordinadora Unica de Damnificados (CUD)[13] como un instrumento de defensa y promoción de los intereses, identidad y necesidades de los afectados:

"El hecho sustancial y candente que emergió a la luz pública fue la fractura entre el gobierno y la sociedad, fenómeno que se expresó de manera nítida en el muy limitado carácter de la acción gubernamental frente a una sorprendente y enérgica movilización ciudadana…[14]"

Paradójicamente, la acción gubernamental que había recurrido a la norma y a la burocracia no pudo responder al interés público, mientras que la acción privada se transformó en política de carácter eminentemente público.

Los grupos autoorganizados rechazaron la propuesta de vivienda caracterizada por poner en el centro el interés de las inmobiliarias, esto es: espacios pequeños, distantes, homogeneizantes, edificados rápidamente, a altos costos, con el concurso de las grandes compañías constructoras, a pagar en plazos imposibles establecidos por los bancos, sin tomar en cuenta los reducidos ingresos familiares, desarticuladores de las nacientes identidades por la vía del trato individualizado y no con las organizaciones. Frente al imaginario y a los intereses del capital inmobiliario puestos en juego en su proyecto de reconstrucción, la CUD propuso un modelo de participación comunitaria, de espacios mayores, construidos con la participación de los usuarios, de gestión colectiva, de participación en las decisiones sobre la distribución y sobre los espacios mismos a construir, de créditos blandos, de rearticulación de la vida y el trabajo, soportados, animados, por una imaginación popular diferente.

El 13 de mayo de 1986 se firmó el Convenio de Concertación Democrática para la Reconstrucción de Vivienda del Programa de Renovación Habitacional Popular entre el Gobierno Federal (SEDUE, Departamento del Distrito Federal y Renovación Habitacional Popular) y cincuenta y seis organizaciones sociales de damnificados, con la participación de diez institutos y universidades, ocho grupos técnicos de apoyo, ocho colegios de profesionistas y cámaras, y quince fundaciones y asociaciones civiles interesadas en apoyar a los damnificados.

La concertación de la sociedad civil, ante la emergencia y ante las alternativas de mediano y largo plazo, fue muy amplia y ciertamente obedeció a intereses muy diversos, a menudo contrapuestos como en el caso del capital inmobiliario y de los damnificados. Sin duda que las ocpds jugaron mayoritariamente del lado de la población y se vieron obligadas a coordinarse entre sí para poder responder a la escala que la situación exigía; esto trajo, como fruto no esperado, un proceso de articulación y conformación de redes formadas entre las ocpds y entre éstas y las organizaciones populares de damnificados, a fin de poder optimizar respuestas, alternativas y recursos profesionales escasos para la reconstrucción.

Por otro lado esta experiencia de solidaridad popular intensa tuvo consecuencias y resonancias sociales y
organizativas en otros ámbitos de la vida pública puesto que impactó al conjunto del imaginario social mexicano y, de alguna manera, preparó posteriores propuestas y acciones de emergencia ciudadana:

"La experiencia inmediata de dichas relaciones quedó inscrita en la memoria colectiva. Así, con nuevos asientos en experiencias históricas recientes, movimientos sociales como el movimiento urbano popular, conocieron un nuevo ímpetu, marcado ya no únicamente por la necesidad, sino que se constituían como un nuevo eco de experiencias que remitían a una vida social más autónoma… Un efecto interesante y poco reportado fueron los efectos de los terremotos en lugares que no fueron directamente afectados. Es como si la onda expansiva de los terremotos y las explosiones hubiera llegado a los lugares más recónditos… Es como si hubiera una red de vasos comunicantes que permitió una mayor efervescencia político-social en el país… Después de los terremotos, se hicieron más amplias las posibilidades de imaginar otro país, otro gobierno, otras relaciones entre las personas…[15]"

 

4.1.2 Cardenismo y nueva conciencia ciudadana

El escenario de 1988 estaba precedido de la acumulación de seis años de grave deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores sociales. El gobierno, a través de varios cuadros jóvenes formados en el extranjero, particularmente en universidades norteamericanas, estaba impulsando entonces un proyecto de país que implicaba una profunda reconversión de la sociedad mexicana para ajustarla a las leyes del mercado[16]. El modelo de desarrollo mostraba ya de manera clara tres rasgos fundamentales: 1) un carácter antipopular que cargó a los trabajadores el peso de los ajustes económicos a través de pérdida del poder adquisitivo del salario y de la disminución del gasto social; 2) un carácter elitista concentrador que favoreció solamente a algunos sectores del capital productivo (acero, turismo, exportadores) y sobre todo al capital financiero, especialmente al especulativo y a las casas de bolsa; y 3) un carácter antinacional, que decidía sus políticas no en función de las necesidades internas de los mexicanos ni de la defensa de la soberanía nacional sobre bienes, territorio y recursos, sino en función de los intereses de los capitales internacionales.

En este contexto, nos interesa de manera particular, construir históricamente el proyecto y la propuesta política y organizativa ciudadana de las organizaciones civiles de promoción del desarrollo y de sus redes, que además de comprender y participar en políticas de bienestar social, buscaron responder también a las demandas derivadas de la emergencia popular cardenista y ciudadana, y para ello impulsaron proyectos de autonomía y autogestión social a través de la educación popular y de estrategias de empoderamiento civil.

En el sentido de comprender las raíces del movimiento popular que maduró en estos años, dos promotores e investigadores de las ocpds: Herrasti y Alvarez[17] buscan entender el cardenismo de fines de los ochenta con rasgos de los movimientos sociorreligiosos que combinan la posibilidad de logros inmediatos, colectivos, terrenales, inminentes[18], con un horizonte utópico[19].

El cardenismo de los años treinta se había construido en base a la amplia movilización de las masas para conquistar derechos básicos: a la tierra, a la organización, al trabajo remunerado dignamente, a la salud, a la educación. En la conciencia colectiva, el gobierno de Lázaro Cárdenas había representado un gobierno de los pobres:

"Entre 1935 y 1938 asistimos al ascenso de un pueblo bajo la forma del ascenso de una política y de un gobierno: la identificación entre ese pueblo, esa política y ese gobierno se dio en los hechos y en la experiencia cotidiana de cada uno… El ejido no fue sólo tierra. Fue asamblea, fue elección de sus autoridades, fue democracia, fue escuela rural y educación, fue vivienda, fue apoyo del gobierno. El ejido fue recuperación de tradiciones ancestrales, pero sobre todo fue desagravio, fue dignidad… La gente se volvió cardenista en la vida y en la acción… El cardenismo se consolidó como una ideología nacional de los de abajo, como la condensación de muchas luchas…[20]

En 1988, la salida de Cuauhtémoc Cárdenas del PRI, la suma de la mayoría de las fuerzas de izquierda ofreció a sectores campesinos y populares empobrecidos una posibilidad de cambio, de mayor justicia y de solidaridad. Esas condiciones socioeconómicas y políticas de 1988 fueron el espacio para la memoria colectiva, para el recuerdo popular, referido a campos de experiencia propios o de padres, abuelos, compadres, amigos, de lucha de los mexicanos contra los extranjeros, de lucha por la tierra y por el petróleo, de profundo respeto a la imagen del "tata", de derechos obreros respetados, de la épica expropiación petrolera, de dignidad nacional. Este "recuerdo o memoria colectiva" envolvió a cientos de miles de personas. El nuevo cardenismo era como un despertador de la memoria colectiva de agrarismo y nacionalismo, de justicia y de solidaridad, de vínculo entre gobierno y gobernados. Recuerdos cargados de historia, pero también de mitos, de expectativas, de valores y esperanzas de los de abajo. De manera cuasi mítica, se recordó un pasado común en miras a acercar un futuro semejante.

La investigadora Verónica Vázquez, en sus estudios sobre la imagen de Lázaro Cárdenas en la memoria popular, comenta:

"La figura de Lázaro Cárdenas puede ser analizada desde esta óptica. En el imaginario colectivo ocupa un papel mítico que orienta actitudes y prácticas, genera tradiciones, establece un pasado originario al que se vuelve los ojos con añoranza. La mitificación surge del reconocimiento del carisma y la fuerza, de la identificación de su imagen con otros símbolos igualmente importantes: la patria, la soberanía, la justicia.

Dada la función del mito, no es gratuito que éstos resurjan en épocas de crisis, cuando los pueblos se enfrentan a circunstancias difíciles y a desesperanzas en las posibles soluciones. Es precisamente en este sentido que decimos que se convierten en la expresión de deseos y esperanzas. La coyuntura de crisis económica y política en la que tienen lugar las elecciones de 1988 y en la que surge el neocardenismo, puso de manifiesto la fuerza con la que permanece en la memoria colectiva la figura del presidente Lázaro Cárdenas…[21]"

La carta de un campesino de Hermosillo a Cuauhtémoc Cárdenas ilustra esta imaginación colectiva, esta "estructura de sentimientos":

"El nombre del General Cárdenas lo tenemos todos los campesinos porque cuando él fue presidente hasta los pajaritos cantaban alegre… parecía que andaba Jesucristo en la tierra, todos los campesinos tenían sus animalitos, sembraban y de ahí se mantenían, todos eran dueños para sembrar un pedacito de tierra y nadie los molestaba…[22]"

La visión mesiánica de las masas en torno a Cuauhtémoc Cárdenas se fue configurando de manera simultánea a la candidatura unitaria a la presidencia de la república y a la creación del Frente Democrático Nacional (FDN). Mucha gente que era cristiana, que era guadalupana, que había sufrido la crisis, que estaba en una situación de extrema pobreza, que quería que las cosas cambiaran porque ya no las soportaba, esperaba una solución salvífica, que fuera contundente, que fuera total, que fuera inminente y necesaria. Todo esto tenía que ver con car
acterísticas importantes del mesianismo. El sentir de las masas era que alguien tenía que venir a salvarlas, se necesitaba un líder, un caudillo, alguien que les dijera qué hacer.

De este modo, a partir del descontento acumulado durante siete años de política neoliberal: disminución del poder adquisitivo, reducción de los servicios de salud y educación, aumento de impuestos, y otro conjunto de medidas que repercutieron directamente en las condiciones de vida y de sobrevivencia, se habían configurado condiciones sociales para que el pueblo pobre y cristiano, esperara un mesías, y leyera con esperanza los nuevos e inusuales sucesos que se iban concatenando en una opción concreta, que se personificaba y representaba en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas[23].

A ello contribuyó el discurso mismo de Cárdenas que no era un discurso comunista, no era un discurso contestatario o radical, sino un discurso dentro de la legalidad, dentro de la constitucionalidad, unitario en la medida que lograba convocar a muchísima gente que de otra manera no era convocada. Todo esto fue visto por amplios sectores del pueblo como un signo mesiánico: el PRI se había dividido e incluso en algunos lugares ya había perdido las elecciones locales; la izquierda se estaba uniendo; la oposición por fin lograba tener un candidato único. Todo esto era leído como signo de que las cosas iban a cambiar y de que era inminente el advenimiento de una nueva era. Algo iba a pasar, puesto que esto nunca había sucedido. Y así, sin una visión muy clara de lo que iba a suceder, se percibía como el anuncio de que algo políticamente nuevo está sucediendo en el país. Más que una visión lúcida de orden lógico y discursivo, el pueblo pobre y creyente apreciaba en una serie de acontecimientos inéditos las señales de un cambio inminente y necesario.

Y desde el punto de vista del mesianismo y de la relación con el dirigente carismático, como que la relación que se estableció no fue de costo beneficio o corporativa. El dirigente carismático atraía no por lo que se podía conseguir de él, sino porque era signo de que la situación podía cambiar.

Del movimiento por el voto, por una vida digna, de la defensa del voto emitido, brotó como germen una nueva identidad, que respondió fundamentalmente a un sentimiento de solidaridad y de justicia. De esta manera el viejo cardenismo de los treinta era el mismo, pero ya era diferente, proclamaba una modernidad desde el pueblo y para todos, no excluyente y para pocos como la postulaba el neoliberalismo mexicano en todas sus prácticas sociales. Gilly resume la propuesta cardenista recordando la carta enviada al ingeniero Cárdenas por un campesino de Pénjamo:

"un cambio político que nos traiga no la riqueza sino el vivir con decoro y la igualdad social"[24]

En este período, el trabajo desarrollado por algunas ocpds buscó escarbar en la profecía, destacar su significado social, sus resortes de esperanza, a fin de comprender y explicar el movimiento cardenista, para socializarlo y darle profundidad a través de futuras acciones populares. Se quería que los análisis teóricos fueran como una guía para nuevas prácticas sociales, a fin de favorecer el desarrollo del movimiento popular cardenista y del movimiento ciudadano. Un ejemplo de estos esfuerzos queda sintetizado en el estudio de Herrasti y Alvarez, educadores populares de las ocpds, que recogió, sistematizó y planteó propositivamente su reflexión sobre el cardenismo, a partir del trabajo mismo realizado en docenas de talleres de educación popular con simpatizantes cardenistas populares de este período. Se trataba de comprender un fenómeno cultural sumamente complejo que fue más allá de la racionalidad formal, buscando las raíces profundas y los resortes simbólicos, afectivos e imaginarios del comportamiento popular de 1988.

El cardenismo popular mayoritario correspondía a un paradigma de acción y visión popular de corte milenarista, más allá de un paradigma político de racionalidad occidental que tenía su lógica de acción, su adhesión a un líder carismático, su carácter ético, colectivo, terrenal, inminente, realizador de catástrofes para el orden establecido, y que adquiría connotación de una creencia generalizada. En este sentido señalan Herrasti y Alvarez:

"La percepción que las masas han tenido de la lucha por defender la voluntad popular adquiere… un significado que rebasa el ámbito de lo propiamente político electoral, invade lo social, para fundirse con las aspiraciones y deseos de la población, vinculadas generalmente con las necesidades más inmediatas. Véase para el caso, el conjunto de peticiones formuladas mediante cartas entregadas a Cárdenas durante sus giras. El contenido de estas demandas oscila entre uniformes y balones para el equipo de futbol hasta solicitar su mediación para recobrar la salud. Por otra parte, el contenido de lo político y la participación política como tal, tiene muy poco que ver con una concepción de Estado democrático liberal, con división de poderes, con una estructura social determinada. Lo político se refiere más bien al ejercicio del poder en forma directa y a la modificación de las conflictivas relaciones de poder establecidas, en lo concreto e inmediato. El sentido que mueve a las masas cardenistas está constituído por un aspecto pragmático y al mismo tiempo posee, paradójicamente, un horizonte utópico; ambos aportan fuerza, cohesión y vitalidad a las acciones colectivas…[25]"

Pero el escenario de 1988, cargado de protesta contra la política económica, cargado del imaginario autogestivo de los damnificados de los sismos de la vieja Ciudad de México y extendido por el eco a todo el país, permitió que las urnas del 6 de julio de 1988 fueran ocasión de que el pueblo mexicano mostrara su posición frente a la política antipopular. Entonces a las computadoras más sofisticadas que existían en el país se les cayó el sistema y quedaron calladas sin dar los resultados al final de la jornada electoral, en sentido contrario a las más fervorosas promesas gubernamentales; por eso los resultados de las elecciones se dieron a conocer parcialmente hasta el 13 de julio.

"El año 88… es de fundamental importancia en la imposición

-mediante la usurpación del sistema de cómputo electoral y de la silla presidencial- de una política neoliberal que concreta y objetivamente, hace uso de sus especialistas, de sus técnicos, de sus economistas graduados en Harvard, de sus intelectuales oficiales y privados, de sus artistas, de sus poetas, de sus medios masivos de comunicación -es decir de su intelligentzia- como una maquinaria que se infiltra en las redes invisibles que dan sentido a la vida íntima, a lo cotidiano, a lo social, al orden, a la normalidad. En esta logística es muy importante la producción de las condiciones de subjetividad adecuadas, como proyecto de dominación de clase, para inducir el cambio de actitud de las masas descontentas y sublevadas, bajo la sugestión publicitaria, bajo la demagogia repetitiva de la negación…[26]

El 7 y 8 de septiembre, dos meses después del 6 de julio, el Colegio Electoral ofreció a la ciudadanía resultados oficiales, faltando aún 24,642 casillas por entregar actas, el 45% de las casillas existentes en el país[27]. En esos resultados el candidato del PRI Carlos Salinas tenía 9’687,920 votos, el 50.74%; Cuauhtémoc Cárdenas del FDN 5’229,585 votos, el 31.06%; y Manuel Clouthier del PAN 3’208,584 votos, el 16.81 %. Señala Mario Monroy:

"No hubo voluntad política para darle legitimidad a las elecciones y al siguiente presidente, Salinas de Gortari. La oposición no exigió nada que no estuviera dentro de la leg
alidad y de lo razonable: que se dieran a conocer las actas de las casillas no entregadas (24,642), que representaban el 45% y, segundo, que se revisaran únicamente mil paquetes electorales de los 300 distritos donde se tenían pruebas de que la votación había sido irregular. Una vez conocido lo anterior y si se demostraba que el resultado electoral era adverso a la oposición, ésta lo admitiría. Sólo se pedía que se respetara la ley. Recordemos que en este país no hay demanda más radical que exigir el cumplimiento de la ley, hacerlo coloca al demandante al margen de ella. Lo único claro de este proceso electoral es que la opinión pública nacional e internacional no fue convencida de que los comicios hayan sido transparentes y legales[28]".

Obviamente todos estos datos pintan una escenografía, pero no son suficientes para explicar el por qué, aparentemente de un día para otro, de repente, millones de mexicanos, pobres y de clases medias, votaron por el nuevo cardenismo o mejor, por el nuevo Cárdenas. Los aspectos simbólicos, la imaginación, los sentimientos profundos de estos amplios sectores del pueblo mexicano son aspectos fundamentales que deben ser tomados en cuenta en una búsqueda que permita ayudar a comprender lo que pasó en México en 1988. No basta la crisis, el empobrecimiento y el debilitamiento del partido de estado para explicar los "por lo menos" 5’229,585 votos reconocidos para Cuauhtémoc Cárdenas.

Así pues, además de la necesidad de cambios, concomitante a una situación de deterioro de las condiciones de vida, podemos encontrar un conjunto de elementos mesiánicos: Cuauhtémoc era hijo de Lázaro, del que había entregado la tierra, del que había hecho la expropiación petrolera, del que sí había estado con los campesinos, lo cual abría el imaginario a otra realidad posible. De la misma forma que los terremotos de 1985 habían permitido abrir un imaginario de que era posible gestionar el país por otros caminos, puesto que lo sucedido en la gran Ciudad de México, lugar condensador de la historia, centro sagrado del país, había tenido un eco en toda la población, circulando a través de diversas vías: por medio de los compañeros de trabajo o de familiares que perdieron la vida, o por amigos que fueron héroes anónimos de la emergencia, que en las semanas posteriores a la tragedia y a la epopeya inundaron el imaginario de todo el país. En la configuración de este imaginario, la radio tuvo un lugar destacado, e incluso hasta la televisión, a pesar de sí misma, contribuyó a su creación, el eco permeó al país entero. De esta manera, tanto el dolor como el imaginario que abrió, se generalizaron[29].

El terremoto había promovido reacciones diferenciales en todo el país, y también en el extranjero, cientos de actores se habían movilizado. Esto permitió inaugurar otras posibilidades. Si el 85 había sido posible, también era posible vencer al PRI. El Frente Democrático Nacional aprovechó muy bien esto, tomando una figura que en términos de imaginario tenía mucha historia: Cárdenas, como encarnación del mesías esperado, el Frente como su viático, obviamente en la imaginación colectiva operaba frente a la adversidad externa, frente al deterioro de las condiciones de vida, pero también frente al partido de estado, y evocaba sin duda el "frente a los terremotos". Había un ambiente mesiánico originado en el 85, y había un mesías concreto, el ambiente preparado por los sismos y el mesías, heredero, designado por los dioses había llegado.

Así pues, es posible ver a Cárdenas desde los vínculos entre 1985 y 1988, terremoto-nuevas-posibilidades-nuevo-imaginario, abriendo el espacio: elecciones-votaciones masivas-nuevo imaginario-nuevo presidente. Una nueva profecía preñaba el ambiente. El fraude electoral signaría el fracaso de esta profecía y golpearía severamente el imaginario del cambio.

En este período, las ocpds acompañaron el proceso de educación ciudadana para un voto libre y la defensa del resultado electoral. Después del 6 de julio, unas 15 ocpds, articuladas en la Red de Educación Popular y en la Red Incide, ofrecieron a las organizaciones sociales y al naciente Partido de la Revolución Democrática su experiencia de educación popular a través de instrumentos pedagógicos y metodológicos: la Escuela Metodológica, la Escuela de Promotores, la metodología para la educación política que, organizadas en diferentes temáticas y problemáticas, en diferentes niveles y regiones, propiciaron que cuadros, dirigentes y bases de las organizaciones sociales, avanzaran en la autocomprensión y desarrollo del movimiento popular y de su opción cardenista, haciéndose de alguna manera partícipes de un movimiento que recogía la memoria histórica campesina y popular, planteando caminos concretos para acercar una utopía de mejoramiento y bienestar general.

 

Notas

[1] Se puede consultar: "Los orígenes de la autogestión, en: Reygadas, Rafael. Universidad, Autogestión y Modernidad. Estudio Comparado de la formación de arquitectos. CESU-UNAM, México, 1988, págs. 15 a 33 y 98 a 100.

[2] "Imaginario alternativo", es un término empleado por Gilabert, probablemente siguiendo a Castoriadis, para caracterizar el mundo simbólico que en el México de 1968 cuestionó y llevó a innovar prácticas sociales nuevas frente a un imaginario instituido generador de prácticas burocráticas cada vez más autoritarias. Gilabert, César. El Hábito de la Utopía. Análisis del imaginario sociopolítico en el movimiento estudiantil de México, 1968. Ed. Instituto Mora-Miguel Angel Porrúa, México, 1993.

[3] Monsiváis, Carlos. "El día del Derrumbe y las Semanas de La Comunidad", en Cuadernos Políticos No. 45, enero-marzo de 1986, pp. 11-24.

[4] Alvarez, Rafael y Herrasti, María Luisa. El movimiento popular cardenista, México, 1991. Mimeo.

[5] El investigador urbano, Oscar Núñez, muestra cómo las organizaciones frente al terremoto se basaron en los valores y prácticas configuradas en un espacio de experiencias previas de las organizaciones barriales, ya sean de autodefensa, deportivas, religiosas o festivas, en las que la solidaridad y la ayuda mutua practicadas cotidianamente, se elevaron, ante la emergencia, a una nueva escala de acción y de impacto. Núñez G., Oscar, en: Innovaciones democrático-culturales del movimiento urbano popular. Ed. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México, 1992.

[6] A esta altura es necesario plantearse, al menos de manera inicial, una pregunta: ¿cómo se articularon la experiencia y el imaginario de 68 con el de 85, y éste con el de 88, y éste con el de 91? Para Laplantine, hay un "eco" de la memoria histórica en los nuevos movimientos sociales; para Desroche en la memoria colectiva, hacia el pasado, se asegura un "eco" bajo forma de recuerdo, a veces la memoria colectiva no sólo conmemora, sino que también restituye, reconstruye o construye, en donde el pasado es como la matriz de un despliegue en el porvenir; y en la conciencia colectiva, hacia el presente se asegura un "viático o prevención", a través de fiestas, teatro, dramas, obras de arte, que se sitúan en el presente no sólo como un sistema de ideas, sino como un sistema de fuerzas que activan o reactivan, suscitan o restauran…, celebran; y en la imaginación colectiva
, hacia el futuro ofrece un horizonte utópico a la acción, movilizando así la esperanza nacida en el recuerdo de los orígenes. (Desroche, op. cit. págs 41 y 183). Así pues un movimiento social que tocó raíces profundas de la imaginación social se transporta a la memoria colectiva, a la conciencia colectiva y a la imaginación colectiva. En el caso del movimiento estudiantil popular, el eco se plasmó en la memoria colectiva, el viático se multiplicó en cientos de brigadas y prácticas democráticas que fueron a todos los sectores del pueblo y a la práctica intramuros de la universidad, la imaginación colectiva fue a la lucha por la democracia en unos casos y en otros a la guerrilla. De la misma manera, la solidaridad del 85 estuvo presente en el 88, y el 88 tendría un eco fuerte, y su resonancia alimentaría la imaginación colectiva presente en las expectativas electorales del 91; de igual manera, la "Marcha de la Dignidad" de los navistas de 1991, tuvo un claro viático que hizo posible imaginar y emprender otra caminata semejante: el "Exodo por la Democracia", en donde la imaginación llevó a resignificar aquella experiencia en relación a su propia realidad histórico-material; después de estas dos largas caminatas, vinieron otras: de Chiapas surgió la marcha Xi’Nich; todas ellas atravesadas por el mito de llegar al centro ceremonial constitutivo del país. Soto Blanco, Cecilia, "Ceremonial en el Zócalo". Notas sobre la resistencia obrera", Ed. Causa del Pueblo, México, 1993, p. 4.

[7] Arreola, Alvaro y otros. "Los primeros ocho días", en: Revista Mexicana de Sociología. Año XLVIII, núm. 2, abril-junio de 1986, págs. 111 y 112.

[8] Manero Brito, Roberto. "Las elecciones en el imaginario social mexicano", en: González Navarro, Manuel y Delahanty Matuk, Guillermo (compiladores) Psicología Política en el México de Hoy. Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1995, p. 109.

[9] Villamil Uriarte, Raúl René. "De la imaginación colectiva a la autosugestión. Sociedad y violencia…", en: González Navarro, Manuel y Delahanty, Guillermo, Op. cit. pp. 121-122.

[10] El 10 de octubre de 1985 se aprobó el Primer Decreto Expropiatorio, publicado en el Diario Oficial de la Federación. Al día siguiente, se publicó una primera lista de los miles de predios afectados por esta resolución jurídica y de hecho pasaron a segundo término los intereses de los propietarios y casatenientes.

[11] Citado por: Mazzolo, Alejandra. "¡Que el gobierno entienda, lo primero es la vivienda!" En: Revista Mexicana de Sociología. Año XLVIII, num. 2, abril-junio de 1986, pág. 201.

[12] Ibid. pág. 204.

[13] El 24 de octubre de 1985, a poco más de un mes después de los sismos, se conformó la Coordinadora Unica de Damnificados (CUD) que aglutinaría por un tiempo una interlocución única de los afectados con el gobierno.

[14] Arreola, Alvaro et alii. Op. Cit., pág 119.

[15] Arreola, Alvaro, Op. cit. pp. 108 y 109.

[16] Para mayores detalles sobre el contexto económico y político de este período puede verse el capítulo II "Génesis Social de las redes de ocpds", inciso 3.1.2.3 "Neoliberalismo, promoción y proyecto ciudadano".

[17] María Luisa Herrasti y Rafael Alvarez eran en ese momento promotores sociales, miembros de una ocpd: Enlace, Comunicación y Capacitación, A.C., centro de servicios de educación popular que había participado en el proceso de reconstrucción, pero que desarrollaba parte importante de su trabajo en zonas indígenas y campesinas.

[18] Para mayor amplitud sobre esta temática puede consultarse la investigación: Para entender el Cardenismo, Herrasti, María Luisa y Alvarez Díaz, Rafael. Mimeo. Ciudad de México, 1989.

[19] Para la investigadora Alicia Barabas una de las características de los movimientos utópicos es que "sus aspiraciones son dimensiones de futuros posibles que brindarían a la humanidad elegida una realidad de justicia, bienestar y felicidad terrenos…" Barabas, Alicia. Utopías Indias. Movimientos sociorreligiosos en México. Enlace-Grijalbo, México-Barcelona, 1989, pág 4.

[20] Gilly, Adolfo. "Solidaridades", en: Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas. Era, México, 1989, pág. 40.

[21] Vázquez, Verónica. Lázaro Cárdenas en la memoria popular. Excélsior, mayo de 1995.

[22] Gilly, Adolfo. Cartas a Cuauhtémoc Cárdenas. Ed. Era. México, 1989, pág. 51.

[23] Sobre esta problemática, se puede consultar una investigación más amplia: Gómez Hermosillo, Rogelio et alii: "Los Cristianos y las elecciones", en: Sociedad y Estado, CIESAS-Occidente, Guadalajara, Jal, 1992.

[24] Op. cit. pág. 65.

[25] Herrasti y Alvarez, Op. cit., pág 5.

[26] Villamil Uriarte, René Raúl. Op. Cit. p. 125.

[27] Para un análisis detallado del operativo de fraude, a partir de las propias cifras oficiales de la Comisión Federal Electoral se puede consultar: Barberán, José, y otros. Radiografía del Fraude. Análisis de los datos oficiales del 6 de julio. Nuestro Tiempo, S.A., México, 1988.

[28] Monroy, Mario. Op. cit. pág. 47.

[29] Podemos señalar que fue tan amplia la generalización de este imaginario que el equipo de Salinas lo transformó en bandera en el Programa Nacional de Solidaridad y lo llevó hasta conformar una secretaría del poder ejecutivo: la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL). De esta manera el siguiente gobierno institucionalizó la solidaridad como programa de gobierno para todo el sexenio y para todo el país, revirtiendo su sentido emergente, cosificando las relaciones emergentes, fijándolas en un significado burocratizado y en general como una propuesta mediatizadora.

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