La atracción el viaje como motivo pintoresco ya era frecuente en el medioevo, entre los poetas y trovadores franceses, occitanos e italianos del dolce stil nuovo. El deseo de conocer, incluso el desasosiego producido por el descubrimiento del Nuevo Mundo, empujará a Rabelais, Montaigne, Sydney, Milton o Moro a expandir la idea de aventura. En la actualidad el viaje no es sino una variante atenuada de aquélla poderosa percepción simbólica de lo extraño, cuando la medida del mundo se tambaleaba.
La idea de un desplazamiento cuyo término espacial se encuentra fuera de límites conocidos o concebibles constituye también una metáfora de destino, que verídico o no, adquirirá un sentido cargado de connotaciones filosóficas. Pero el viaje es ante todo el enriquecimiento de nuestras vidas que nos acerca al papel de connoisseur. En ocasiones incluso albergamos la intención de no volver, pero lo único que nos puede impedir regresar es el olvido. Orestes fue tentado por Circe como Gauguin lo sería por Tehemana en Polinesia; otros como de J. Cook o L. A Bougainville fueron tentados por la posible gloria científica; Poco importa el motivo porque en realidad todos tenían billete de ida y vuelta, lo que constituye todo viaje por definición. Quizás ni el amor, ni la ciencia o el propio olvido sea más fuerte que la condena a sentirse extraviado en cualquier lugar que no sea el punto de partida. En el siglo XVII un médico suizo detectó un mal contagioso que acosaba a los soldados mercenarios, se trataba de una añoranza geográfica que denominó "nostalgia" y posteriormente conocida como Maladiè du Pays -el mal del país-. Es la consciencia de lo transitorio del viaje: suceda lo que suceda, de la otredad siempre se regresa o se desea regresar. Comentaba Julia Kristeva que incluso cuando odiamos los lugares dejados atrás surgen conflictos de duelo, pues nos atraen tanto como nos expulsan. Es la añoranza de la patria incluso a sabiendas de que ésta ha sido destruida; la obra de Marina Tsvietaieva es profundamente conmovedora en este sentido, su amado pueblo había sido bombardeado por Alemania pero en su alma rusa de nostalgia y exilio Moscú permanecía incólume.

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