La bella princesa que dormía

Niña con disfraz de princesa

Había una vez, hace muchos, muchos años, en un reino muy lejano, una reina y un rey que tuvieron una hermosa niña a la que llamaron Aurora.

Para la fiesta del bautismo, los reyes invitaron a todas las hadas del reino pero, desgraciadamente, se olvidaron de la malvada Maléfica.

Estaba furiosa y aunque no fue invitada, Maléfica igual fue al castillo el día de la fiesta, y cuando paso por delante de la cuna de la niña, le hizo un maleficio diciendo: “Al cumplir los dieciséis años te pincharás con una aguja y morirás”.

Pero cerca estaba el hada buena que al oír lo que decía Maléfica, le hizo otro encantamiento para evitar la terrible condena de la malvada: “Al pincharse en vez de morir, Aurora permanecerá dormida durante cien años y solo el beso de un príncipe la despertará.”

Pasaron los años y Aurora se convirtió en una princesita muy hermosa.

El rey había ordenado que fuesen arrojadas fuera del castillo todas las agujas, con el fin de evitar que la princesa pudiera pincharse.

Pero eso de nada le sirvió, porque al cumplir los dieciséis años, la princesa que recorría el castillo, llegó a un lugar desconocido y se encontró con una vieja sorda que estaba hilando…

Por una poética del microrrelato

El objetivo de esta poética del microrrelato, va a ser diferenciar formalmente este género respecto del resto, y dar una caracterización y descripción de él tomando como punto de partida el trabajo del escritor Homero Carvalho Oliva.

Hay varias esferas de atención sobre las que reflexionar para dotar al microrrelato de entidad e identidad propias, distinguiéndolo del resto de géneros y subgéneros que conforman el sistema literario.

Este es un género de profusas denominaciones y definiciones, ya que prácticamente cada escritor y cada crítico han aportado la suya propia.

Si hay algo en lo coinciden prácticamente todas las definiciones que se han dado acerca del microrrelato, es el rasgo de la brevedad, aunque dicha propiedad conviene matizarla y precisarla. Brevedad entendida no sólo como economía lingüística, sino como condensación de ideas, concisión discursiva, ya que realmente supone una extrema precisión en el uso del lenguaje.

Cuentos: El jardinero y Fraülein

Un niño, de lejos observaba a los pescadores en sus barcos llevados por el viento. Pensaba que el mar no tenía fin, pensaba que los pescadores eran felices que no necesitaban sembrar los peces para después tomarlos, el mar era generoso, él mismo sembraba los peces que los pescadores sacaban con sus redes. Tenía envidia de los pescadores, él era hijo de agricultores, tenía que sembrar para cosechar, diferente del mar, la tierra tenía fin. Todos los trozos de tierra, los más insignificantes, todos debían ser sembrados; los pescadores si querían más, bastaba con navegar mar adentro. Pero los agricultores no podían desear más, la tierra llegaba a su fin, quién quería más tierra para cultivar tendría que salir de la tierra conocida e ir en busca de otras tierras, más allá del mar sin fin.

El escuchaba a los más viejos hablar sobre eso. Un país del otro lado del mar, tan lejos que allá era de noche cuando en su país era de día.

Y fue así que llegó el día en que el adolescente, país de gente con rostros diferentes, de comida diferente, de lengua diferente, de religión diferente, de costumbres diferentes, menos una cosa, la tierra era la misma y sus secretos, ellos los conocían sus hermanos y sus padres entrarían a un navío que los llevaría a tal país ¿cómo era su nombre? Buragiro… y fue así que ellos, japoneses conseguirían decir el nombre de Brasil…

Cuentos: El río

Dice Delia Prado que Dios una vez por otra la castiga. Toma de la poesía; ella ve hacia una piedra y sólo ve la piedra misma. La poesía nace por la fuerza de la mirada que hace incidir sobre los objetos una luz mágica, transformándolos en cristal. Pueden quedar transparentes, dejando que se vea a través de ellos (como en el caso de Cristo en el lienzo de la última cena, de Salvador Dalhí), o se transforman en cristales, pasando a mostrar imágenes reflejadas de cosas ausentes como demostró Lewis Carroll, haciendo a Alicia atravesar el cristal y entrar en el mundo de las imágenes espectaculares. Escher el dibujante holandés hizo un lindo grabado de eso. Así son las entidades con la que los poetas hacen sus poemas, objetos fantásticos, porta sueños.

Bachelard miró la llama de una vela que se apagaba, el objeto porta sueños, pero vio más que eso, vio un sol que se moría. Continuó su mirada y el sol agonizante se transformo en otra cosa, en "llama húmeda, líquido ardiente que escurría hacia lo alto, hacia el cielo, como un riachuelo vertical"

Al medio día el cielo es una bóveda de ágata azul, inmóvil y eterna. Al crepúsculo la piedra se derretía, se cambia el azul a amarillo, verde, rosa, naranja, rojo, hasta desaparecer en el abismo oscuro al caer la noche.

Cuentos: La revelación

Las revelaciones no se anuncian. Ellas siempre vienen de repente, la revelación es un evento cuando el tercer ojo se abre. Jesús comparaba lo imprevisible de ese momento con lo imprevisible del viento. Él sopla cuando quiere, no habiendo métodos que se protejan de su fuerza. El viento sopla y nos arrastra.

"Si hubiera sido escogido por el gran soplo", dice Octavio Paz, "es inútil que intente el hombre resistirse a él". El viento de la revelación Octavio paz lo describe en un párrafo inolvidable de El arco y la lira.

A veces sin causa aparente – o como decimos en español, porque sí – vemos de verdad el mundo que nos rodea. Y esa visión es a su modo, una especie de teofanía o aparición, pues el mundo se revela a nosotros en sus pliegues y abismos como Krishna delante de Arjuna. Todos los días atravesamos la misma calle o el mismo jardín; todas las tardes nuestros ojos chocan en el mismo muro anaranjado, hecho de ladrillos y del tiempo urbano. De repente, un día cualquiera, la calle da al otro mundo, el jardín acaba de nacer, el muro fatigado se cubre de signos. Nunca los habíamos visto y ahora estamos espantados porque están así: tantos y abrumadoramente reales. Su propia realidad compacta nos hace dudar: así son las cosas ¿o son de otro modo? No, eso que estamos viendo por primera vez, ya lo habíamos visto antes. En algún lugar, en el cual nunca estuvimos, ya estaban el muro, la calle, el jardín. Y la sorpresa sigue a la nostalgia. Parece que nos acordamos y queremos volver para allá, para ese lugar donde las cosas son siempre así, bañadas por una luz antiquísima y al mismo tiempo acaba de nacer. Nosotros también somos de allá. Un soplo nos golpea la frente. Estamos encantados, suspendidos en medio de la tarde inmóvil. Adivinamos que somos de otro mundo.

Cuentos: El león mata mirando

El viejo Antonio cazó un león de montaña (que viene siendo muy parecido al puma americano) con su vieja chimba (escopeta de chispa.) Yo me había burlado de su arma días antes: "de esas armas usaban cuando Hernán Cortes conquista México", le dije. El se defendió: "si, pero mira ahora en manos de quien esta". Ahora estaba sacando los últimos tirones de carne de la piel para curtirla. Me muestra orgulloso la piel. No tiene ningún agujero. "En el mero ojo", me presume. "Es la única forma de que la piel no tenga ninguna forma de maltrato", agrega. "¿Y que va a hacer con la piel?", Pregunto. El viejo Antonio no me contesta, sigue limpiando la piel del león con su machete, en silencio. Me siento a su lado y, después de llenar la pipa, trato de prepararle un cigarrillo con "doblador". Se lo tiendo sin palabras, él lo examina y lo deshace. "Té falta", me dice mientras lo vuelve a forjar. Nos sentamos a participar juntos de esa ceremonia de fumar. Entre chupada y chupada, el viejo Antonio va hilando la historia:

"El león es fuerte porque los otros animales son débiles. El león come la carne de otros porque los otros se dejan comer. El león no mata con las garras ni con los colmillos. El león mata mirando. Primero se acerca despacio, en silencio porque tiene nubes en las patas y le matan el ruido. Después salta y le da un revolcón a su víctima, un manotazo que tira más que por la fuerza, por la sorpresa.

Cuentos: Envidia

La envidia no mata,
sólo destruye la felicidad…

Examiné cuidadosamente las cuevas de mi memoria donde guardo mis recuerdos de infancia. No encontré ningún recuerdo infeliz. Encontré recuerdos de dolor, comenzando por el nombre de la ciudad donde nací, que en aquel tiempo se llamaba "Dolores de la Buena Esperanza". Parece que los habitantes tenían vergüenza de que los llamaran "dolientes" y trataron de librarse del dolor, dejando sólo "buena esperanza", olvidándose de que, a veces, la esperanza sólo se realiza a través del dolor, como es el caso del parto. Mi lista de dolores incluía dolores de dientes, dolor de quemaduras, dolor de caídas, de heridas, de barriga. Pero el dolor y la infelicidad son cosas diferentes. Hay dolores que son felices.

¿Las razones de mi felicidad? Parodiando a Drummond escribo: "Las Sin-Razones de la Felicidad". Razones para ser feliz no tenía. Mi papá había perdido todo. Vivíamos en una vieja hacienda que un cuñado le prestó. No tenía luz eléctrica: de noche encendíamos las lamparitas de queroseno con su llama roja, su mecha negra, y su olor inconfundible. No había agua en la casa: mi madre iba a buscarla a la mina con un bote de aceite vacío. No había regadera: nos bañábamos con una cubeta de agua que calentábamos en un fogón de leña. El techo no tenía cielo: de noche veíamos a los ratones corriendo en los vacíos de las tejas. Tampoco teníamos baño: lo que había era la clásica "casita" afuera. Yo no tenía juguetes. No recuerdo ni siquiera uno. Y, a pesar de todo, no puede encontrar ningún recuerdo infeliz. Era un niño libre por los campos, en medio de las vacas, caballos, pájaros y arroyos.

El médico en busca del ser humano

Antiguamente la simple presencia del
médico irradiaba vida. Antiguamente los médicos eran también hechiceros.
"Maestro, di una sola palabra y mi hija estará curada…". La vida circulaba
alrededor de las relaciones de afecto que unía al médico con quienes lo
rodeaban. En aquel tiempo los médicos sabían de estas cosas. Hoy ya no lo
saben.

Veo aquel médico al lado de niña: ¿no se
parece a un caballero solitario que va a luchar contra la muerte solito? En
aquel tiempo los médicos sabían cual era su destino. Había mucho sufrimiento,
sí. Había mucho miedo, sí. Miedo y sufrimiento son parte de la sustancia de la
vida. Pero nunca supe de un médico que se estresara. No son las batallas las
que producen el estrés. Las batallas, al contrario, dan cohesión, pureza,
integración al cuerpo y al alma. El caballero solitario es un héroe con el
cuerpo cubierto de cicatrices pero con el alma entera. Los estresados son
aquellos que, sin trabar una batalla, son empujados a todas partes por una
legión de demonios.

Cuentos: Los ojos y la edad

Claude Monet era capaz de pasar el día entero en el
campo, desde la mañana hasta el anochecer, pintando continuamente lienzos del
mismo monte de heno. Puedo imaginar que algún campesino que, al final del día le
preguntase las razones para pintar tantas veces el mismo monte de heno. Y Monet
le respondería: "Para las vacas, es cierto que el heno es el mismo, porque
ellas desconocen el gusto de la luz. Pero para mí que soy pintor, la luz es
algo mágico, que va transformando las cosas con el poder de los tonos. Un monte
de heno bajo la luz de la mañana no es el mismo que bajo la luz del crepúsculo."

Un monte de heno, esa cosa que permanece ahí mismo a
través del tiempo, no existía para Monet. Lo que existía era el "momento" único, efímero, que tenía que ser comido por los ojos en el mismo instante de su
aparición, porque luego desaparecería.

Un sicoanalista sensible al arte diría que los lienzos
de Monet son la superficie de un rancho, donde la propia vida del artista
aparece reflejada, como monte de heno, como fachada de la catedral de Rouen o
como lirios acuáticos…

Cuentos: Y los viejos se apasionarán de nuevo

Amor de juventud es bonito pero
no es de sorprender, joven al mismo tiempo que se apasiona. Romeo y Julieta es
aquello que todo el mundo considera normal, pero el amor en la vejez nos da
miedo porque nos revela que el corazón no envejece nunca, podemos morir, pero
morimos jóvenes "el amor recompensado siempre rejuvenece" decía Eliot con el vigor y pasión a los 70 años…

Está ahí, en "El amor en los
tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez, quien no lo ha leído está
perdiendo una experiencia única de felicidad… era Florentino Ariza, un muchacho
que se apasionó por Firmina Dazza, adolescente, amor temprano y vulnerable solo
de lejos, la muchacha era vigilada, las cartas y promesas de amor
intercambiados en lugares escondidos y en todo la promesa de felicidad de un
abrazo algún día. Pero en los tiempos del cólera las cosas eran diferentes y el
padre de Firmina le arreglo el matrimonio con el doctor Urbino, ilustre y
próspero médico del lugar. Pobre Florentino, destrozado por la pasión inútil,
de ahí en delante viviendo en la esperanza loca de que algún día, no importara
cuando Firmina sería suya. Fueron 51 años de espera hasta que el milagro
aconteció, el doctor Urbino sin darse cuenta de que el tiempo pasaba, subió a
una silla de equilibrio inestable para atrapar a un loro que había escapado de
su jaula y se posó en lo alto de la rama del palo de mango. Ahí quedo, fue
inesperado y fatal, quedo el doctor Urbino inmóvil en el suelo y roto del
cuello. Entonces comenzó después de los tiempos de luto la historia más bonita
de amor entre dos viejos, amor de vista y de palabra, de deleite en los deleites
del cuerpo.